miércoles, 6 de julio de 2011

Lavapiés cambió el cuento...

Hoy es el día grande en el lugar donde estamos después de morir y antes de nacer. Aprieto con fuerza el puño donde tengo apuntado mi número para el sorteo.

Empiezan a rodar los bombos de la fortuna, y los niños de San Ildefonso de "El lugar", comienzan a cantar números...................


Los ganadores del premio gordo esperamos con una sonrisa nuestros destinos. Viajaremos en primera clase. Nos sirvirán puntualmente cada una de las comidas - dieta equilibrada para no estar rollizos antes de la llegada, allá donde vamos, mantener la línea es muy importante –
En los monitores del vagón hay publicidad continuamente, enlaza un anuncio con otro. No podemos dejar de mirar el monitor, nos han dicho que al llegar debemos saber que queremos tener. Ninguno desobedece, absorbemos publicidad y de paso evitamos el mal trago de ver a los compañeros que no tienen billete, al otro lado del cristal.

En el semillero inicial de "El lugar", quedan sentados 6 millones de futuros niños que miran con lagrimas en los ojos nuestro tren, que ya empieza a moverse. Ellos serán trasladados en furgonetas de campaña a sus lugares de destino, de muchos en muchos, muy apretaditos, para ahorrar gasolina y evitar que se caigan con los baches del camino antes de llegar. Dicen, que a los sitios donde van, no llegan los trenes lujosos. Los golpes, las peleas por ganar un poco de espacio o comida, el polvo que les irrita los ojos, la falta de agua y las gachas que comen una vez al día, harán que muchos de ellos no lleguen a ver los ojos de sus madres.

Nuestra comodidad, la publicidad continúa y el lujoso tren hace que los afortunados olvidemos pronto a los que se quedan. Para ellos es diferente, no pueden olvidar que subir en ese tren es lo mejor que puede pasarles. Por eso, muchos arriesgan sus vidas cruzando el mar, con el sueño de poder engañar a la suerte.

El problema es que en el mundo de los trenes lujosos, hasta ahora ha sido ilegal perseguir los sueños.



GRACIAS, LAVAPIÉS.

1 comentario:

Idril dijo...

Genial el relato. Al final todos acabamos sucumbiendo a las "armas de seducción masiva", pero no hay que olvidar nunca a los que no pueden si quiera sucumbir.